viernes, 7 de enero de 2011

Artículo: El Carnaval de Negros y Blancos es más que jolgorio (Pasto, Colombia)

Desde el diario El Tiempo de Colombia, el periodista, politólogo e investigador social, don Arturo Segovia Mora publica este interesante artículo para el conocimiento de todas y de todos en el Blog Bagatela :

El Carnaval de Negros y Blancos es más que jolgorio

Su contenido histórico y cultural es explicado por el autor del libro 'Viva el Carnaval'.

Cuando el Carnaval Andino de Negros y Blancos de Pasto fue consagrado por Unesco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, se reconoció una de las manifestaciones más significativas de la inspiración colectiva del sur de Colombia, fiesta que se celebra en un entorno de ingenio, misterio, contemplación y éxtasis, que debe ser preservada como testimonio del carácter de los pastusos.
De manera 'oficial', el carnaval se realiza del 2 al 7 de enero; pero, en realidad, es una prolongación de las fiestas de diciembre. Para las comunidades de los barrios y las familias de los artesanos es una ilusión permanente, pues la elaboración de las carrozas alegóricas del evento central de las carnestolendas, el 6 de enero, copa buena parte del año, desde que se concibe el motivo hasta la madrugada del día en que se presentan ante el público expectante.
El carnaval se realiza formalmente desde hace 80 años, pero hunde sus raíces en festejos, danzas y ritos agrarios precolombinos al Sol y la Luna de las tribus pastos y quillacinga (los taquíes o fiestas paganas, que escandalizaron a los españoles) y recibe influencias del Calusturinda, carnaval de los kamzá, del Putumayo, que, por esa vía, lo avecina con lo amazónico. En la música, los rituales, las costumbres, el lenguaje, la comida y el temperamento nariñense está muy presente el legado ancestral.
Las ruidosas celebraciones de los esclavos, originadas en los actuales departamentos de Antioquia y del Cauca, por el día franco que les reconocían los amos, en ofrenda del rey mago Melchor, o cuando obtenían su libertad, se señalan como el antecedente del Día de los Negros, el 5 de enero.
Las procesiones, juras, fiestas reales, autos sacramentales, piezas teatrales, santos reyes y fastos impuestos por el imperio español, en la conventual Pasto colonial, también imprimieron su huella a los festejos. De esas tres vertientes culturales es heredero el carnaval. En su hibridación, como en su diversidad, es por eso único y universal.
La víspera de negros y blancos se siente un estado de ansiedad, la pasión ígnea de los sureños reverbera aquí y allá. La primera semana de enero, quien atraviese el cañón del Juananbú hacia el sur, entra por la puerta mágica de la fantasía para vivir los días más alucinantes de su vida. Cuesta salir del trance, tras del cual siempre se querrá regresar.
Todo comienza ante la Virgen
El carnaval se inicia el 2 de enero con la alborada a la Virgen de las Mercedes, patrona tutelar de la Villaviciosa de la Concepción San Juan de Pasto por orden de su majestad el rey de España. En el atrio de la iglesia, una tuna eleva una ofrenda de gratitud, mientras cientos de indígenas y campesinos provenientes de los corregimientos de Pasto se santiguan y se encomiendan para iniciar la fiesta.
Por la noche, los jóvenes llenan la Plaza del Carnaval con rock, pop, funk, ska y otros géneros, algunos con interesantes fusiones en las que participan el instrumental y los sonidos andinos, mientras en otros escenarios de la ciudad los adultos se dan cita el Festival internacional de tríos, el bolero y la balada. Se abren los tablados populares donde orquestas nativas y foráneas amenizan la maratón de baile que culmina cuatro días después.
El 3 de enero, temprano, el Alcalde de Pasto entrega el bastón de mando a las autoridades indígenas, en un reconocimiento de su mandato ancestral. Luego, las colonias de los municipios de Nariño que habitan en Pasto, organizadas en comparsas, desfilan por la ciudad exhibiendo la riqueza cultural y la diversidad étnica del departamento, desde la costa Pacífica con sus marimbas y currulaos, hasta las alturas de los Andes y sus aires de nostalgia. Al mediodía, niños y niñas hacen suya la celebración, asumiendo la herencia que garantizará la pervivencia del jolgorio, en el Carnavalito.
El ingrediente indígena
Al atardecer, llega el Canto a la tierra, en homenaje a la madre eterna de la subsistencia (la Pacha Mama inca): un desfile de colectivos coreográficos masivo y multicolor atraviesa la ciudad interpretando rondas y cantos andinos y compitiendo por el primer lugar para ganar el honor de liderar el desfile magno del 6 de enero. En los años recientes sobresale Indoamericanto, en el que hasta 1.500 personas danzan al tenor de quenas, capadores, zampoñas, sikuris, flautas y rondadores, ataviadas con vistosos disfraces multicolores y antifaces relumbrantes de reminiscencias milenarias.
Con el desfile de la familia Castañeda, el 4 de enero, se rememora el episodio de comienzos del siglo XX, cuando una familia deambulaba extraviada por la ciudad en busca de la vía hacia el santuario de las Lajas y recibió la atención y albergue de unos pastusos encopados. Se reivindica así la hospitalidad de pastusos y nariñenses. En el desfile se pasean escenas de la vida de la ciudad, para el regocijo y la nostalgia.
Al final, Pericles Carnaval lee un jocoso bando para recibir a la familia Castañeda y declarar iniciada la algarabía. La música andina se establece por tres días consecutivos en la Concha Acústica Agustín Agualongo, con el Festival Pawari Runa (en quechua: el pueblo alzando vuelo).
Con la abolición de la esclavitud en 1851, el 5 de enero, día de asueto que los amos les daban a los esclavos, adquirió un sentido de refrendación libertaria. Iniciado en el vecino Cauca, el festejo se expandió por el departamento de Nariño, cuyo litoral Pacífico es de población afrodescendiente, que sobrevivió a la explotación colonial en los aluviones auríferos de los ríos Güelmambí y Telembí.
Al comienzo, cuadrillas de 10 o más hombres negros, rememorando el cateo de oro, en bulliciosa correría, embadurnaban el rostro de los blancos con betunes, tiznes y hollines, en confraternidad festiva.
Días interraciales
Despuntando el siglo XX, los pastusos se dieron al goce de pintarse unos a otros de negro, entregarse a la parranda y sublimarse a través del rostro ajeno. Al llamarlo Palenque Lúdico, hoy se reivindica el lugar donde los negros cimarrones se ocultaban en su huída. Un ruego juguetón (la gente juega a pintarse de negros y a empolvarse de blancos) se escucha por doquier: "¡Una pintica, por favor!".
Sigue el día de los blancos o de Reyes. Se dice que en la mañana del 6 de enero de 1912, Ángel María López y otros trasnochados empleados de una sastrería, aprovechando el descuido de una mesera de cantina, le quitaron el maquillaje, salieron a la calle y comenzaron a lanzar polvo sobre los vecinos, al grito de "¡Viva el blanquito!, ¡viva el negrito!". Fue el bautizo de un rito surgido de las tradiciones festivas de origen español y de las fiestas patrias y públicas de antaño en la ciudad.
Muy temprano, la gente se prepara para tomar lugar en los palcos pagados y en los balcones, ventanas, terrazas y calles ubicadas en la senda del jolgorio que va de la central Plaza del Carnaval hasta las afueras de Pasto.
Los amanecidos, aún con el rostro ennegrecido gritan "¡Viva el 6 de enero!", y los transeúntes responden: "¡Viva!", descargándose mutuamente bolsas de harina, talco y espuma carnavalera.
Ya comienzan a sonar las bandas y las murgas; arde la verbena; el viento se atosiga de alhucema y burbujas; grandes y chicos ríen, cantan y bailan.
Antes del mediodía, la ciudad es un gigantesco tapiz blanco: hasta 200 mil inmaculadas almas, gente nívea de pies a cabeza, delira arrojando carioca (espuma) y talcos perfumados, hasta que aparece la procesión carnavalesca: el desfile magno.
Carrozas majestuosas y descomunales -hasta 20 metros de alto por 25 metros de largo- con motivos fantásticos, pintados en vivos colores sobre papier maché, cartón piedra e icopor y, recientemente, fibra de vidrio y polímeros ligeros; modeladas sobre estructuras de alambre, madera y varillas de hierro y puestas sobre camiones de gran tracción, avanzan pesada y lentamente.
Escenarios y figuras se mueven en forma mecánica gracias a la habilidad e ingenio de sus creadores. Desde su interior, el artesano -maestro creador- , su familia y los jugadores (a pintarse de blanco y de negro) que han ganado el derecho a estar allí por su colaboración, arengan al público con el visceral "¡Viva Pasto, carajo!", arrojan pirulíes y serpentinas y se contonean al son de la murga acompañante.
Al son de 'La Guaneña'
Las carrozas son la obra cumbre de los artesanos que mantienen viva la tradición prehispánica del moldeado de figuras en barniz (mopa-mopa) y tamo, y de las artes coloniales del tallado en madera y el repujado en cuero, labor apenas compensada por estímulos de la organización, por el deseo de triunfar y por la gratitud popular.
El desfile puede durar 5 o más horas. Mientras avanzan las carrozas, entre gritos y chanzas con la concurrencia, se comparten el trago, los chistes, los besos y los abrazos en los corrillos. Los jugadores, pintados todos, parecen ya extrañas esculturas de yeso al son de La Guaneña, el bambuco que caracteriza los nariñenses y que animó al ejército libertador en la Batalla de Ayacucho.
Después de la fiesta, los artesanos concursantes exhiben sus obras en los barrios y en las vías principales hasta que mueren. El fandango continúa en tablados, clubes, calles y en los bailes familiares. La resaca del 7 de enero se cura en el corregimiento de Catambuco o en el Festival del Cuy y de la Cultura Campesina, donde la gente ya empieza a añorar el próximo carnaval.
Es Pasto y su expresión lúdica, que tiene de ofrenda a los dioses y de burla del poder. Un paréntesis alborozado en la rutina, un momento de desahogo, de descarga, de purga e insolencia; también, un acto de renovación, de creación y esperanza. Pero, el imperio de lo autóctono ha cedido en los últimos años a formas como la música mexicana de Vicente Fernández, que hizo el concierto de cierre del 6 denero del 2010, porque muchos así lo quieren. El carnaval, decía Goethe, no es la fiesta que se le da al pueblo, sino que el pueblo se da a sí mismo.

NOTA: Agradecemos a don Arturo Segovia en corregirnos y avisarnos sobre su autoría en este artículo que está escrito para el diario www.eltiempo.com

Fuente: El Tiempo de Colombia: http://www.eltiempo.com/colombia/otraszonas/el-carnaval-de-negros-y-blancos-es-mas-que-jolgorio_8743600-4

2 comentarios:

Guillermo Segovia Mora dijo...

El artículo tiene autor y está reseñado el la versión .com y en la impresa, les agradezco incluir el crédito respectivo.

Bagatela dijo...

Con muchísimo gusto don Guillermo y haremos las correcciones correspondientes...