sábado, 29 de enero de 2011

Artículo: Japón: Luces y sombras

Desde La Vanguardia de España publican esta noticia:

Japón: Luces y sombras

Lentamente, en poco más de dos décadas, Japón se ha colado en nuestros gustos, en nuestros referentes culturales, en nuestras preferencias gastronómicas, en nuestras vidas. Sin embargo, la cultura japonesa está llena de luces y sombras, y nuestro amor por ella probablemente también
En el verano de 1598, una flota de cinco barcos holandeses partía hacia América del Sur. 19 meses más tarde, tras soportar tempestades, ataques y deserciones, el único navío superviviente atraca en Japón con una tripulación diezmada y moribunda. William Adams, el piloto del barco, seduce a los gobernantes nipones con sus conocimientos de navegación y construcción naval. Y, poco a poco, se enamora de la cultura del País del Sol Naciente. Al cabo de un tiempo, su integración en una civilización de la que apenas había oído hablar hasta entonces es tan perfecta que el shogun decreta que“William Adams ha muerto y en su lugar ha nacido Anjin Miura”, el primer samurái occidental. Toma nueva esposa, concibe hijos y se mimetiza con aquella cultura. Cuando John Saris –un capitán inglés– lo conoce una década después, escribe en su diario: “Adams insistía en que Japón era admirable y lo elogiaba cariñosamente. En general, entre nosotros, existía la creencia de que él se había naturalizado como japonés”. El piloto, de hecho, renegó de su país de origen.
Han pasado más de cuatro siglos y el atractivo de esta civilización sigue vigente. El éxito de literatos como Mishima, Endo y Murakami; la proliferación de restaurantes de gastronomía de ese país; las excelentes críticas de ciertas películas de animación –como 'El viaje de Chihiro' o 'Ghost in the shell'– o de cine de terror –'La maldición, Dark water' o 'The ring'–; la irrupción de marcas de coches niponas o el deslumbramiento que han producido en los últimos años directores como Ozu, Kurosawa o Mizoguchi lo demuestran. Quizás por eso el japonés sea el único idioma en el mundo que dispone de una palabra para extranjero obsesionado por la cultura local. Otaku –que allí se utiliza con connotaciones más despectivas– se usa fuera de Japón para designar a los chavales fanáticos del manga, el anime, el J-Pop y los videojuegos que proceden de esa parte del mundo.

Existen cuatro elementos básicos que, más allá de la estética, definen la cultura japonesa y que tal vez sean la razón última por la que a los ojos occidentales sea tan fascinante.

El primero de ellos es la sencillez. Hay una corriente que recorre toda la estética japonesa: es la  búsqueda del wabi-sabi, lo simple, lo fugaz. Es un anhelo que se basa en la idea de que nada perdura, todo es imperfecto y cualquier forma de arte tiene que basarse en el minimalismo y en la ingenuidad. Los haiku (poemas breves de tres versos que convocan una imagen o una sensación), el ikebana (arreglos florales que buscan unir al hombre con la naturaleza), el chado (ceremonia del té en la que cada movimiento tiene un significado simbólico) o el cultivo del bonsái son ejemplos de cómo la cultura nipona ha conseguido buscar la trascendencia a través de la sencillez.

La sutileza es el segundo. El monasterio de Daisen-in fue concebido hacia el año 1513 por el pintor Soami. Lo más notable es su jardín: un espacio rectangular de arena blanca cuya sensación de infinito promueve la meditación y la vacuidad interior. Para lograr ese efecto, la arena es rastrillada cada día por los monjes: ninguna huella –ni siquiera la del viento– debe romper la regularidad de los surcos que forman una especie de océano inmóvil. En medio de ese mar de nada, tres montículos de arena  dispuestos de modo que nunca puedan verse más de dos a la vez demuestran que nunca podemos verlo todo. La importancia de lo que no se ve o no se oye es una constante japonesa. En los cuadros de Hokusai o en los pintores hanga, el vacío (shibu) ocupa la mayor parte del espacio. 500 años después de la construcción de Daisen-in, Japón sigue aportando la idea de que muchas veces es más importante lo que no se dice.

La sensualidad es el indiscutible tercer pilar del atractivo japonés. En Japón se cultiva, desde hace siglos, el placer de los sentidos. Como recuerda Ruriko Watanabe, “Japón ha sido siempre un país de sentidos, no de lógica. Hay quien dice que por ser un país tradicionalmente de una nación, una sola raza, una única cultura, no hacía falta desarrollar la técnica de enfrentar y convencer a los que no piensan como nosotros. Los japoneses no somos buenos a la hora de explicar, pero a cambio hemos desarrollado mucho más los sentidos; la concordia, la belleza, la pureza.” Al contrario que en Occidente, no existe apenas arte nipón cuyo fin vaya más allá del placer estético. La literatura o la pintura japonesa pocas veces tienen motivaciones políticas o religiosas: sólo buscan la belleza. Y eso explica su pervivencia y la fascinación que ejercen en el mundo moderno. Son obras de arte que no han perdido fuerza, como ocurre en algunos casos en Occidente al caducar la finalidad publicitaria para la que fueron creadas.

Y el cuarto aspecto que llama nuestra atención es la simulación. Desde hace siglos, hay en Japón artistas dedicados a fabricar karakuri, autómatas que hacen trucos simpáticos como mover la cabeza para saludar o hacer volteretas. Estas figuras se presentaban en representaciones teatrales o festivales religiosos. Sus connotaciones  eran positivas: no se buscaba nunca que el parecido con los movimientos humanos causara inquietud. Un artista karakuri fue el fundador de Toshiba. Sus autómatas unían tradición y modernidad. Fabricó uno que practicaba el shodo (caligrafía  japonesa) con un mecanismo innovador para su época.

Esta es otra de las razones de la japofascinación: la forma natural que tienen los miembros de esa cultura de integrar lo artificial en la vida cotidiana. Sus chindogus (inventos inútiles cuyo creador debe fabricar pero nunca usar), por ejemplo, están invadiendo internet en una muestra de que el hombre se puede llevar tan bien con las máquinas como para fabricarlas por puro gusto. Lo creado por el hombre no tiene, en el País del Sol Naciente, connotaciones siniestras. En la narrativa occidental es habitual la relación de amor-odio con lo artificial: las máquinas se rebelan y  exterminan al ser humano y las modernas tecnologías se convierten frecuentemente en instrumentos del mal. Sin embargo, el japonés tiene un nexo mucho menos inquietante con lo industrial. Incluso ha llegado a crear ciencia para definir cómo relacionarse mejor con las máquinas: Masahiro Mori enunció en 1970 la Teoría del Valle Inquietante (o Inexplicable), que se basa en la hipótesis de que nuestros sentimientos acerca de un robot son positivos mientras no se parece mucho a los humanos, basculan hacia la repulsión cuando son casi similares a nosotros y vuelven a ser de simpatía cuando sus fabricantes han conseguido que sean indistinguibles de las personas.

Sencillez, sutileza, sensualidad, simulación… Desde las primeras ensoñaciones de Marco Polo acerca de la legendaria isla de Cipango hasta el éxito en Europa de las novelas de Amelie Nothomb –en las que relata, sobre todo, su infancia y juventud en Japón– hay una larga historia de fascinación (ajena no obstante a las sombras que también penden sobre esa cultura). Quizás sea debido a que aquella cultura transmite sensaciones profundas que conectan con zonas de nuestra mente que la sociedad occidental deja arrinconadas.

Esas son muy probablemente las razones que han atraído a los occidentales hacia la cultura japonesa tradicionalmente. Sin embargo, la última oleada de esa fascinación, la protagonizada en la última década por millones de jóvenes de todo el mundo occidental, quizá tenga mucho más de estético que de los cuatro valores antes mencionados. La juventud es, de hecho, la que más intensamente vive la japofilia. Millones de adolescentes leen mangas extensos y de argumento complicado que carecerían de interés si estuvieran narrados con estética occidental. Y series como 'Naruto', 'One Piece', 'Avatar', 'Inuyasha', 'Pokemon' o 'Death Note' y películas como 'Akira', 'Astroboy' o las producciones de Hayao Miyazaki gozan de un atractivo entre la juventud difícil de comprender para un observador externo. Yuval Molina, un joven que empezó a aprender japonés con catorce años fascinado por estas producciones culturales, lo explica así: “Lo que más me atrae es la arquitectura de sus edificios, la actitud de la gente (siempre agradables pero introvertidos) y, básicamente, la gran diferencia que supone frente a Occidente en todos los aspectos, desde el sushi hasta los avances tecnológicos. Pienso que lo que la gente ve es que refleja los diferentes estilos de vida actuales, fantásticos o históricos. La gran imaginación del diseño de personajes, extraños argumentos y mucha acción en general, es algo que la gente de hoy, cansada de las típicas historias o dibujos actuales, busca”.

Japón ha conseguido vender su estilo particular hasta tal punto que ha podido prescindir del contenido y centrarse sólo en la forma. Un ejemplo es el éxito del personaje Hello Kitty, que ha llegado a ser una imagen de referencia en el mundo moderno –hasta el punto de que se la ha nombrado embajadora de turismo nipona y se ha fletado un avión decorado con dibujos suyos para representaciones oficiales– sin que la inmensa mayoría de las personas que la conocen sepan absolutamente nada sobre ella. La idea convertida en un logo.

¿El amor juvenil por Japón es sólo una cuestión de forma? Así lo ve Javier Ros, coordinador del taller de manga del Ayuntamiento de Alcobendas. En su blog 'Chuches para la Mente', escribe: “Los mangas que más llegan son aquellos de corte más fantástico, de lucha, de amores hiperbólicos. Por lo tanto los jóvenes solo conocen aspectos muy superficiales de la cultura japonesa”. Según él, los chavales “saben que se come mucho ramen, que la puntuación en un examen puede ser un 45 o un 260, que todas las colegialas llevan faldita y calcetines blancos, que siempre tienen lo último en tecnología… Pero ignoran completamente el lado oscuro de Japón. Si los enfrentas a un manga como 'Life', que es una historia tremenda de 'bullying' escolar, les encantará porque sale un chico guapo y porque hay dos chicas que desde el capítulo cero parece que son lesbianas (¡y eso que sólo se dan abrazos y van cogidas de la mano!). Pero la verdadera historia de acoso y de automutilación les parece exagerada, incluso se sorprenden cuando les dices que personajes importantes han sufrido esa práctica. Ningún joven se para a pensar si ese país de sus sueños tiene algo malo.

Un ejemplo: los chavales 'japofans' se divierten con el 'cosplay' (disfrazándose de personajes de mangas, animes o videojuegos) pero desconocen el término hikikomori, que designa a los adolescentes japoneses que se encierran en alguna habitación de su casa abrumados por la competitividad exterior y no salen en meses o en años. Se calcula que un millón de chavales nipones se han apuntado a esa fiebre psicológica después de suspender un examen o sufrir algún desengaño amoroso. Y la familia, resignada, se dedica a pasarles comida y a asegurarse de que disponen de todo lo necesario para una buena vida moderna: Play Station, televisión, juegos de ordenador, internet…

Los otakus occidentales tampoco suelen saber mucho del machismo de aquella sociedad o de la tendencia al suicidio (a veces colectivo) de los jóvenes japoneses. Conocen la delicadeza estética de esa cultura, pero ignoran su base ética. Ruriko Watanabe, intérprete japonesa afincada desde hace muchos años en Madrid, nos explica así ese trasfondo oculto: “Nosotros no tenemos una escala de valores tan definida como Occidente. Yo no sé si hubo alguna época en que la tuvimos, pero hay quien dice que, después de la Segunda Guerra Mundial, se han destruido totalmente nuestros valores. Quizás no sea malo porque lo que teníamos era una moral basada en la ética casi medieval de lealtad a tu superior, que podía justificar, por ejemplo, la venta de tu propia hija a un prostíbulo para salvar a tu primogénito. El caso es que nos hemos convertido en unos huérfanos moralmente. Eso conlleva al elogio a lo utilitario, y también a lo bello. Si es bello, todo vale. Nosotros tendemos a valorar más lo bello que lo correcto”.

¿El idilio entre los jóvenes occidentales y Japón se basa sólo en el exotismo estético? Alberto Sendín, coordinador del departamento 3D de MercurySteam, opina: “La cultura japonesa hipnotizó a toda una generación de jóvenes marcada por unas alternativas de ocio audio visuales bastante limitadas. Recuerdo el impacto que me causó cambiar los espacios infantiles marcados por 'Barrio Sésamo' y demás variantes didácticas/constructivas por las series niponas que iniciaron su asalto en nuestro país. Aquellos contenidos no trataban a los niños como discapacitados mentales; ante nuestros inocentes ojos se abría un amplio abanico de opciones argumentales atrevidas. No sólo contaba su característico estilo artístico, también su desparpajo al abordar culebrones encubiertos, relaciones sentimentales enrevesadas y elementos sumamente dramáticos. Incluso la violencia era tratada como un recurso más en las tramas, mostrada con tal naturalidad que no fueron pocos los asustados 'papis' que clamaron al cielo maldiciendo un producto tan impropio para sus tiernos polluelos. Dilemas morales, superación personal, sentido del honor, sacrificio colectivo, personalidades complejas… Todo ello aderezado con apariencias exóticas y entornos a la par. Son fórmulas que funcionan, enganchan, motivan”. De hecho, según él, ese atractivo, al igual que cualquier fascinación que sólo se base en la forma, es perecedero: “Yo fui el primer sorprendido cuando hace tres años la multinacional japonesa Konami nos encargo el nuevo juego de su franquicia 'Castlevania' con la clara intención de alejarla de sus fórmulas clásicas, buscando una occidentalización de la saga, demandando la apertura a nuevos mercados y tipos de usuarios. Por sorprendente que parezca, parece que la fórmula no siempre les funciona. Es más, me pregunto si estamos ante una moda eterna o si, como llevan años proclamando sus detractores, el exceso de mediocridad y las fórmulas de siempre repetidas por enésima vez acabarán con el encanto de antaño. De momento, y en nuestro caso, son los propios nipones los que proponen renovarse o morir”.

Fuente: La Vanguardia de España: http://www.lavanguardia.es/vida/20110122/54103327483/japon-luces-y-sombras.html

No hay comentarios: